
Las elecciones europeas de junio de 2007 han supuesto un duro golpe de legitimación democrática del Parlamento Europeo y en general de las Instituciones Europeas. Nunca como hasta ahora el Parlamento Europeo había tenido tantas competencias –ampliadas cuando entre el vigor el Tratado de Lisboa- y la participación electoral en las diferentes citas electorales desde 1979 había sido tan baja (43%).
A medida que se avanza en la construcción europea, se suman nuevos Estados Miembros, y se amplían las competencias del Parlamento Europeo, los ciudadanos se sienten cada vez más alejados de las instituciones europeas, demostrado en la progresiva decadencia en la participación en los comicios europeos. Ello es especialmente preocupante, en un momento en que es necesaria la máxima concertación y coordinación entre los gobiernos, instituciones y actores económicos y sociales para dar una respuesta común a la crisis.
El resultado electoral nos obliga a reflexionar sobre la forma en que construimos y comunicamos Europa con los ciudadanos. Las causas son complejas y profundas, y requieren de un delicado y minucioso análisis para regenerar y reactivar el tejido y el músculo democrático de la Unión. Lo que está en juego, no es solo ganar o perder unos cuantos puntos de participación electoral o un grado mayor o menor de enfado de los ciudadanos europeos. La presente crisis, representa el mayor reto de la Unión Europea de las últimas décadas, ya que está en juego el propio proyecto europeo.
Las amenazas que atenazan la Europa comunitaria de hoy, no son menores ni despreciables, ya que la otrora beneficiosa maquinaria de la unidad europea, que unía y hacía converger movimientos y voluntades de gobiernos, instituciones, empresas y ciudadanos, parece estar averiada. Hoy una minoría política, administrativa, económica y mediática en muchos países europeos, han visto la oportunidad de recuperar el control en muchos temas frente a la burocracia de Bruselas. Éstos, cuentan con la pasividad y en algunos casos la complicidad de algunos gobiernos nacionales, que han visto la oportunidad de de recuperar el terreno cedido a Bruselas en el proceso de integración europea de los últimos años.
A la amplísima mayoría de centro-derecha en el seno del Consejo (21 gobiernos de 27 Estados Miembros), y de la actual y futura Comisión Europea, hay que sumar la ampliación de la mayoría de centro-derecha y conservadora en el seno del Parlamento Europeo. De los 736 escaños del PE, el proceso de conformación de los Grupos políticos a fecha de hoy, hacen prever la siguiente composición: - 264 escaños el Partido Popular Europeo (PPE)
- 185 escaños los socialistas europeos (PSE) que cambiará de nombre y pasará previsiblemente a llamarse Alianza de los Socialistas y Demócratas Europeos, tras sumar al Partido Democrático italiano y a algunos otros diputados del este de Europa.
- 81 escaños los liberales (ALDE)
- 66 escaños los derechistas y euroescépticos Unión por la Europa de las Naciones (UEN)
- 53 los Verdes (GREENS/EFA)
- 33 la Izquierda Unida Europea (GUE/NGL)
- 30 el Grupo Independencia y Democracia (IND/DEM)
- y 24 diputados no inscritos.
Así, de los previsibles 7 Grupos políticos del Parlamento Europeo, 4 tendrán una orientación de centro-derecha o derecha extrema, sólo 2 de orientación progresista (PSE y GUE) y el Grupo de los Verdes que suele alinearse con unos o con otros según los temas, aunque casi siempre en posiciones europeístas.
La mayoría absoluta en el Parlamento está fijada en 368 escaños, por lo que para sacar adelante los temas más importantes o la elección de Barroso, requerirá de constantes y permanentes acuerdos con el primer Grupo de la cámara (PPE). Ni una eventual suma de escaños del PSE, LIBE, GREEN y GUE conseguiría una mayoría suficiente.
Así pues podemos patalear ante la posibilidad de que Barroso renueve como Presidente de la Comisión, pero desgraciadamente no hay posibilidad de tener un Presidente progresista.
Una pena. La izquierda se tiene que poner las pilas, y rápido.