Hemos asistido a la abalancha de noticias y comentarios sobre el macrobotellon de la semana pasada que acabó con lamentables incidentes en la ciudad de Barcelona. Como casi siempre periodistas, tertulianos y expertos opinan sin que nadie pregunte a los jóvenes. No a aquellos que protagonozaron el botellón (un máximo de 400.000 en toda España), o a las pocas decenas que destrozaron mobiliario urbano y se enfrentaron a la policía. ¿Alguien se ha acordado de los millones de jóvenes de este pais de entre 16 y 30 años que ni han participado en el botellón o creado incidentes?. ¿Como es posible juzgar a los jóvenes sin hacerlo de su entorno social?.
Eduardo mendoza, con su pluma ágil resume hoy en EL PAIS el sin sentido de todo ello:
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La semana pasada fue rica en comentarios sobre lo que se dio en llamar el botellón. Como los que escribimos en los periódicos somos personas de cierta edad, pocos participantes en el debate habían asistido a los sucesos que lo motivaron. Reflexiones, por tanto, externas al fenómeno. No han faltado voces que reivindicaban el derecho de los jóvenes a protestar divirtiéndose, pero fueron las menos. La mayoría ha hecho sociología, ha apelado a la historia reciente y, aunque en general pocos han juzgado, todos han opinado, que es como juzgar pero sin dictar sentencia.
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En realidad, los hechos dan poco de sí y la versión oficial resulta convincente: unos pocos alborotadores y el resto que se apunta porque en el fondo ha ido a eso, a apuntarse a lo que salga. Cuando uno se zambulle en un acto masivo, lo mismo le da asaltar una trinchera, ver a la Virgen de Fátima o comprarse un jersey en las rebajas.
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El problema es que esta vez la algarada ha coincidido con los movimientos estudiantiles en Francia, y la comparación nos ha sacado los colores. Mientras aquí nuestros jóvenes le dan al alcohol, la juventud francesa parece reavivar el rescoldo de la lucha de clases. Pero no hay tal diferencia. Si nuestra principal industria es el turismo de borrachera, las fluctuaciones del precio de un cubata afectan al futuro laboral de los jóvenes españoles igual que a los franceses la ley de Villepin. Es cierto que aun así hay diferencias notables en la actitud y en las formas. Sin duda, los viejos progres preferiríamos ver a nuestros hijos cantar La Marsellesa en vez de La Parrala, pero la culpa no es de los chicos. La educación pública en Francia prepara a los jóvenes para ocupar un puesto de trabajo. Si luego éste peligra, aquéllos salen a la calle. En España la educación pública no prepara para nada y nada ofrece. Se conforma con tener a los chicos en clase sin armar bullanga. En consecuencia, la rebelión, cuando estalla, consiste en romper la papelera y escribir pis y caca en la pizarra. Tal vez éste debería ser el tema del análisis en que nos hemos embarcado a raíz del botellón. Pero no creo que pase nada. Al fin y al cabo, los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, pero esta regla también funciona en sentido inverso.








