
Se ha puesto de moda afirmar que las nuevas tecnologías, y en particular la eclosión de las redes sociales como Facebook o Twitter, son una de las principales herramientas de los activistas democráticos o de defensa de los derechos humanos en los países con regímenes autoritarios. Que la tecnología es algo así como el factor crítico para combatir la injusticia, frente a gobiernos corruptos y cybertontos. Es verdad que los micromensajes enviados por Twitter, los blogs, YouTube, Flickr y otras tecnologías similares también están cambiando el mundo, y es evidente que tiene efectos liberadores y positivos en muchos movimientos. La Red vendría a ser buena para la democracia y mala para los dictadores. ¿Estamos seguros de esto?
Moisés Naím, ha hecho una reflexión interesante sobre los déspotas virtuales, citando a Evgeny Morozov, uno de los más lúcidos analistas del impacto político de Internet, que nos recuerda que "la historia demuestra que las nuevas tecnologías suelen ayudar a todas las fuerzas políticas por igual, no sólo a las que tienen las intenciones más nobles o democráticas". A pesar de esto, la suposición dominante es que los Gobiernos, especialmente los más autoritarios, están perdiendo terreno frente a redes de activistas cibernautas hambrientos de democracia. Pero la realidad es que Gobiernos como los de Rusia, Irán, China o Cuba ya no se limitan a leer subrepticiamente los correos electrónicos de sus ciudadanos, a bloquear el acceso a ciertos sitios de Internet, censurar la búsqueda en la Red de palabras o nombres de personas u organizaciones disidentes o simplemente suspender temporalmente el servicio de telefonía celular.
Todo esto sigue pasando, pero las tiranías también aprenden y los Gobiernos autoritarios ya no son los cibertontos que eran tan sólo hace un par de años. La nueva sofisticación en el uso de Internet con fines represivos es espeluznante. El Gobierno chino cuenta con 280.000 personas dedicadas a identificar chats donde se discuten temas que el régimen cree inconvenientes. Estos funcionarios intervienen en los chats presentándose como simples participantes. Pero su misión es la de sabotear la conversación, introduciendo otros temas, confundiéndola o abrumándola con una avalancha de mensajes.
Internet ha dado más posibilidades y aumentado la agilidad de los activistas democráticos, pero también les ha dado nuevos y poderosos instrumentos represivos a los regímenes autoritarios. Según Morozov, "el activismo en Internet es más fácil de estudiar y controlar que el activismo físico y en la calle. ¿Cuál es la ventaja de lograr, gracias a una convocatoria vía Twitter, que 100 jóvenes activistas iraníes se concentren en una plaza a protestar si el Gobierno lee esos mismos mensajes y así se entera de quiénes son estos jóvenes?". Además, los Gobiernos hoy pueden comprar las más avanzadas tecnologías para intervenir comunicaciones telefónicas o mensajes electrónicos, detectar patrones de conducta y estructuras sociales en la Red, así como penetrar los ordenadores de sus enemigos políticos. Crecientemente, los activistas internautas terminan apaleados o encarcelados y, sin quererlo, sirviendo de valiosos colaboradores del régimen al suministrarle a través de los mensajes electrónicos interceptados los nombres e intenciones de sus aliados.
Quizás los cibertontos de hoy -como dice Naím,- ya no son los Gobiernos autoritarios, sino los activistas cuya pasión por la libertad y desesperación ante los abusos de los tiranos los lleva a fiarse demasiado de la privacidad de sus comunicaciones vía Internet. Debemos pues ser un poco más pícaros e innovar constantemente para ofrecer tecnologías y métodos a esos activistas para que puedan desarrollar su lucha, pero no dejemos de pensar que los déspotas virtuales ya no son esos cybertontos como pensábamos. Nunca sabemos a quién tenemos al otro lado de la red.





